En México, hablar del agua casi siempre nos lleva a temas de crisis de disponibilidad o contaminación, pero rara vez pensamos en su composición. Sin embargo, además de cantidad de agua que tenemos, importa qué tipo de agua usamos . El agua dura —que contiene niveles elevados de minerales y algunos químicos— está presente en gran parte del país y tiene efectos en tu vida diaria que van mucho más allá de las tuberías.
La dureza del agua depende en gran medida de la cantidad de minerales que se disuelven durante su recorrido por el subsuelo. En México, aproximadamente el 70% del suministro proviene de acuíferos , lo que significa que el agua pasa por capas de roca caliza y arcillosa rica en minerales. Es precisamente este contacto el que eleva la concentración de calcio y magnesio, y convierte al agua en “dura”.
De acuerdo con datos de la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA) y estudios regionales, gran parte del centro y norte del país presenta niveles altos de dureza:
- En estados como Guanajuato, Querétaro y Aguascalientes , los valores suelen superar los 250 mg/L de carbonato de calcio (CaCO₃) .
- En Jalisco, Chihuahua, Coahuila y Nuevo León , se han reportado concentraciones aún mayores, en algunos casos por encima de los 400 mg/L .
- Incluso en la Ciudad de México , el agua proveniente de pozos profundos puede clasificarse como muy dura , con valores que rondan los 200 mg/L .
Según las escalas internacionales, cualquier agua por encima de los 180 mg/L se considera muy dura . Esto significa que una gran parte de la población mexicana se ducha, lava la ropa y limpia su hogar con agua de alta dureza sin siquiera saberlo.
La dureza del agua no representa un riesgo sanitario directo —no causa enfermedades ni se considera contaminante—, pero sí modifica la forma en que interactuamos con ella . En el hogar, es responsable de la formación de sarro, manchas en grifos y una menor eficacia de los detergentes. En el cuerpo, influye en cómo se comportan los productos de higiene: el jabón no espuma igual, el champú no se enjuaga completamente, y la piel o el cabello pueden sentirse más secos o ásperos. Diversos estudios dermatológicos han observado que las regiones con agua más dura suelen reportar una mayor incidencia de piel seca, irritación y dermatitis atópica , especialmente en climas áridos. La explicación es sencilla: los minerales del agua se depositan sobre la superficie cutánea y alteran su equilibrio natural. En el cabello, este mismo fenómeno provoca rigidez, pérdida de brillo y mayor fragilidad con el tiempo.
En ciudades donde la dureza supera los 300 mg/L, los efectos son más visibles incluso fuera del cuerpo: grifos con sarro, regaderas con residuos blancos y ropa que se siente más áspera después de lavarla. Estas son señales domésticas de un fenómeno geológico que ocurre bajo nuestros pies, pero que termina afectando nuestra vida cotidiana.
Comprender la dureza del agua en México es mirar de cerca un fenómeno invisible que nos acompaña en el día a día. Es un recordatorio de que la calidad del agua no solo se mide por su pureza, sino también por su composición; y entender esa composición es el primer paso para adaptarnos mejor a ella y cuidar de lo que más queremos: nuestra piel, nuestro cabello y nuestra salud.